Vive el romance...

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P
osees un alma sensible y romántica.
Sueñas con historias de amores apasionados y casi imposibles; repletos de mujeres, a veces temerarias, aventureras, leales y tenaces capaces de amar con todo su ser; así como con hombres enigmáticos, duros, sinceros, elegantes, traviesos, tiernos, luchadores, llenos de vida y esperanzas.
Bienvenid@ a nuestro mundo.

jueves, 14 de febrero de 2013

Estáis leyendo "LAS FEAS TAMBIÉN LOS ENAMORAN: EDITH"

La falta de tiempo no nos deja respirar estos días, así que, antes de que se nos olvide, os dejamos el trozo correspondiente a esta semana.
¡Que lo disfrutéis!
Un besazo a tod@s.





Capítulo 2



Jeremy se apresuró hacia la salida y, el cuadro que contempló, aunque sí estrafalario, no dejaba de sorprenderlo. Junto al carruaje se hallaba Jonathan con ese aire risueño y totalmente despeinado, como si hubiera galopado junto al carruaje en lugar de ir en su interior. Como era su costumbre, hablaba con su personal doméstico como si fueran amigos de la misma condición y clase mientras, a su lado, un hombrecito con gafas farfullaba órdenes tal cual un general. El punto más vistoso lo daba un pajarraco con plumas de color azul intenso en todo su cuerpo sostenido en el hombro derecho de su amigo; el animal era tan bello como escandaloso.

Jeremy conoció a Jonathan a los diecisiete años en un prestigioso colegio y junto a él, Stephen St. John y Cristian le Mer, pasó los mejores momentos de su juventud. Por desgracia, el título le exigía muchos sacrificios y pasar gran parte del año en Surrey, así que su amistad con ellos había ido diluyéndose con el paso del tiempo exceptuando al allí presente que, por azares del destino, había mantenido el contacto. Era una suerte para él que Jonathan fuera más rico que cualquier mortal que se preciara. Aún sin ser par del reino provenía de una larga generación de emprendedores con una magnífica estrella sobre sus cabezas. Tenía tanto dinero que se había convertido en un ocioso de pies a cabeza al que todo le divertía y fascinaba, pero que se aburría más deprisa aún. Esta no era la primera vez que se alojaba en su casa, pero lo hacía en cuenta gotas por temor a que su estancia allí le hastiara. Era todo un personaje.

—¡Ahí estás! —Jonathan lanzó una sonrisa más grande, si cabe cuando le divisó en la puerta de entrada a la casa. Dejó al criado con el que hablaba con la palabra en la boca, pero un tanto aliviado y subió la escalinata en dos zancadas.

—Me alegro de tenerte aquí —le dije con sinceridad.

—¡AQUÍ! —repitió gritando el pájaro, que seguía aferrado a su hombro.

—Chis —le regañó su dueño—. Compórtate como es debido —como si fuera capaz de entenderle, el animal se mantuvo en silencio.

—No sé cómo lo aguantas.

Era el eterno debate entre ellos desde que lo adquirió. Era un guacamayo impertinente y para nada sociable que, al parecer, siempre estaba comiendo. Llegaba a pesar casi un kilo y medio.

—Pues mejor que si fuera una mujer —respondió el otro sonriendo —. Además, me quiere de forma incondicional.

—Será porque lo alimentas.

—Quizás, pero algunas mujeres ni eso.

—No generalices así, pues si te oye la Duquesa…

—Es verdad,  se me había olvidado. ¿Cómo está esa adorable cascarrabias? —preguntó con evidente afecto.

—Como siempre, dándome la lata por esto o aquello. Veo que no has podido evitar traerlo —cambió de tema de repente refiriéndose al eterno acompañante que en esos momentos revisaba con minuciosidad la descarga del equipaje.

—No sé exactamente qué haría sin él —afirmó tras un encogimiento de hombros—. Espero que no te moleste.

—En absoluto. Hago ver que es solo un ayuda de cámara más. ¿Cuánto vas a quedarte? —quiso saber mientras se encaminaban hasta el interior de la mansión. La servidumbre y el señor Pickens ya se encargarían del resto.

—Quien sabe. Quizás cuando te hartes de mí y me eches a patadas.

—Así que ese es el plan, ¿eh? —encarnó una ceja, en absoluto molesto por su desfachatez. Le gustaba tenerlo allí.

—Por supuesto —le aseguró—. Pienso saborear todas esas delicias culinarias de las que tanto presumes y dormir hasta confundir el día y la noche.

Su tono solmene le arrancó una carcajada. Aquella era toda una declaración.

—Así que no has dejado a nadie esperándote en Londres —supuso, pero su rostro se ensombreció—. ¿Tan mal están las cosas con Isobel? —le preguntó al hallar el motivo del cambio. Ahora comprendía por qué su amigo había aceptado su invitación de inmediato.

—Peor que mal. Afirma que no quiere volver a verme en la vida —dijo con aflicción.

Jeremy no supo qué decir o hacer para reconfortarlo, pues aunque él sabía lo que significaba sentirse rechazado multitud de veces, lo de Jonathan e Isobel era diferente. Su amigo llevaba toda la vida enamorado de ella, pero era fruto prohibido. Primero porque se casó con su padre y, ahora que era viuda, Jonathan era incapaz de asimilar ese mismo hecho y, a pesar de quererla, sentía una inmensa rabia al pensar que había compartido una vida con otro, justamente su padre.

Intentó quitarle hierro al asunto, asumiendo que si de verdad quería hablar del tema, bien podría hacerlo cunado quisiera, pero él no iba a presionarlo.

—Bueno, ahora que estás aquí, seguro podrás relajarte y olvidar —dijo. Aunque sabía que ni en un millón de años podría arrancársela del corazón.

Era una historia triste y con tintes dramáticos, para qué negarlo. Podía reconocerlo hasta él y eso que ya no se consideraba un romántico empedernido como en otros tiempos.

—Lo que necesito ahora es asearme y cambiarme de ropa, no sea que tu abuela me lance a la calle al poco de llegar. No estoy ni mucho menos presentable.

Jeremy observó que su compañero de juventud no parecía ni tan siquiera preocupado. Lo miró con atención y pensó que, si quisiera, ya estaría casado. Si no fuera por Isobel…  Era alto y delgado, pero sin llegar a resultar desgarbado, más bien esbelto. Su pelo era oscuro y ondulado y, aunque estaba muy despeinado, no lo desfavorecía en absoluto. Complementaba el cuadro unos ojos de un castaño tan oscuro que casi parecían negros, herencia de su familia; sin embargo, lo que llamaba poderosamente la atención en él era su eterna sonrisa.

—Estoy seguro que no te lo tendrá en cuenta, pero será lo mejor. Cenamos a las ocho —se apresuró a recordarle. Jeremy sabía lo mucho que tardaba en prepararse.

Poco antes de la hora, exactamente tres horas y cuarto después, Jonathan hacía acto de presencia en la biblioteca.

Acompañado de un sirviente, entró en la habitación con un aspecto presentable, pero no lo suficiente que explicara tanto tiempo encerrado en su habitación.

—Georgette ha tenido una rabieta —dijo a modo de explicación tan pronto se lo comentó—. Me ha costado convencerla de que ya había estado aquí antes y que le había gustado.

Que fuera con su guacamayo a todas partes le resultaba excéntrico a todo el mundo, pero que le pusiera nombre rayaba en lo ridículo. Además, su amigo afirmaba estar seguro de que era hembra, por eso lo del nombre, pero lo más bochornoso era que la trataba como a una fémina más.

—Cuidado —le advirtió—. A veces pareces olvidar que no es más que un pájaro.

—Lo sé —suspiró pesadamente mientras aceptaba una copa de licor que el anfitrión le ofrecía —. Además, no soporta a casi nadie.

—Será por algo. Aunque creo recordar que la acompañante de mi abuela le cayó en gracia.

—Es verdad –de repente pareció alegrarse—, ya no recordaba a la muchacha. La última vez que estuve aquí recuerdo que pensé lo dulce y tímida que parecía. No sé cómo hace tan buenas migas con la duquesa.

—Puede que no se a la más bonita de las mujeres, pero estoy seguro que no es tímida. Y mi abuela la adora.

—Pues juraría…

—No te fíes de las apariencias —le recomendó Jeremy. Al menos, Leonor consigue mantener las apariencias y mostrarse en público digna y admirable.

Ese comentario llamó la atención de Jonathan.

—Has picado mi curiosidad. Ahora no tienes más remedio que explicarte.

Jeremy pasó a relatarle los acontecimientos de ese mismo día con Edith. Los calificativos que le adjudicó consiguieron que el otro hombre le mirara de forma especulativa, más éste no se dio ni cuenta.

Ninguno de los dos sabía que, en lo venidero, el nombre de Edith pasaría a formar parte de sus vidas de forma constante.







4 comentarios:

EldanY dalmaden dijo...

Me va atrapando esto...... y me ha gustado cuando llamó cascarrabias a la chica, si es que lo sois siempre :)

jejeje

Sigo pendiente de este buenísimo trabajo.

Un abrazo.

Kike dijo...

Bueno pues aquí estoy. Atento a como se desarrolla la historia. Me está gustando, y sobre todo la forma de escribir.

Un saludo
Kike

Mills Bellenden dijo...

Hola, os escribo para felicitaros por vuestro blog, y para deciros que vuestros ejemplares con motivo de San Valentin os aguardan. Necesito vuestro correo para poderlos enviar.

Un saludo
M.B

Elizabeth Urian dijo...

*Dani, tú siempre dando la nota con tus comentarios. Si somos cascarrabias por algo será...
*Kike, es un placer tenerte por aquí. Gracias por tus palabras.
*Mills, gracias y bienvenida. Ya te hemos enviado el correo.

Un besazo a los tres.